
Meto la mano en el bolsillo y saco el móvil. Lo
enciendo para ver la hora que es y para iluminar la sala con la foto de mis
sobrinos que tengo de fondo de pantalla; las 3:11 de la mañana. ¡Qué tarde!
Debería estar en la cama, pero tengo la sensación que alguien me está
observando. Hay alguien aquí dentro y no sé dónde pero sé que lo está. El miedo
es algo normal, ¿verdad? Es algo natural que todos llevamos dentro. Siempre he
oído que el miedo es algo bueno, que te mantiene vivo y alerta. Si no
tuviéramos miedo seguro que todos estaríamos muertos. Enciendo la linterna del
móvil y el flash se enciende de golpe, inundando la habitación con una luz
clara y blanca, deslumbrante. Las sombras, largas y negras, se proyectan sobre
las paredes y el suelo, contrastando con la blancura de la linterna.
Sigo teniendo la sensación de que hay alguien aquí.
Joder, hay alguien, ¿pero dónde coño está? Los nervios me aprietan y los
músculos se me tensan. Siento como el corazón se me acelera y como el sudor
empieza a empapar las axilas de mi camiseta. Vuelvo unos pasos atrás hacia la
cocina. Busco sin mirar en un cajón y saco un cuchillo de sierra se él. Lo
rodeo con mis dedos y lo sujeto con fuerza, los nudillos empalidecen
rápidamente. Mi respiración es cada vez más ruidosa y está más acelerada.
Todo queda oscuro por un segundo y la luz vuelve a
aparecer de nuevo. Se me resbala el teléfono y la linterna ilumina toda la
sala. Me agacho lentamente, temblando,
para coger el móvil otra vez. La presencia está detrás de mí, seguro. Un golpe
en la cabeza me deja sin sentido y cuando caigo al suelo veo unos pies que
están delante de mí. El corazón me va a estallar. Toda la vida delante de mis
ojos. ¿Voy a morir?

—¿Quién es?—consigo pronunciar, disparando cachos
polvorientos de polvorón, valga la redundancia.
—¡No se habla con la boca llena!
Esa voz me es familiar. Es una voz femenina, algo
cansada. Sé quién es, pero la luz de la lámpara del comedor no me deja verla
con claridad. Entorno los ojos para ver mejor.
—¿¡Abuela!?
—¿Cómo que abuela? ¿Cuánto tiempo llevas comiendo de
esas pipsas y de esos donus? Eso no es comida de verdad,
porquería, basura. Anda, comete las patatitas que te he hecho y la carne
rebozada, que está muy rica. Y luego tienes más, eh: un poquito de pescado, que
ya sé que no te gusta pero es bueno y le he quitado todas las espinitas.
También te he hecho un pastel de manzana y otro de queso. ¡Come, come! Que
estás en los huesos. Y hasta que no te lo hayas comido todo no te levantas de la
mesa. Ahora me voy al comedor, a hacer un poco de punto y a ver la reposición
del Saber y ganar, que lleva unos
días muy emocionante.

—¡Que te sientes y comas, te he dicho!
—Sí, abuela.
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